Aprender de vinos: añadas, puntuaciones o malos vinos

Aprender de vinos

Lo primero que nos debe quedar claro a nuestros seguidores y lectores es que el mejor vino, sin duda, es el que más nos gusta. Razón tiene el refrán “sobre gustos no hay nada escrito”, y en el mundo de los vinos esta frase le viene al dedillo. Puedo catar un vino y valorarlo como bueno y otra persona prueba el mismo vino y su opinión puede ser completamente diferente. Esta es una de las causas por las que nos apasiona este mundo, la diversidad de sabores y de opiniones.

Cometemos el error de asociar calidad a una determinada marca, a que haya recibido un premio, que sea de una región con fama, que pase de un precio. Para los que os iniciáis en este mundo: esos aspectos no te garantizan que el vino te vaya a gustar.

Imaginaros que estamos en una cata y nos ponen delante una copa con un determinado vino, el cual tiene mucha fama por pertenecer a una bodega de reconocimiento, un vino carísimo con muchos premios. Resulta que lo probamos y… no nos gusta!!!. El principiante en el mundo de los vinos, se confundirá, “un vino tan caro… tan bueno… con tanta fama…y a mí no me gusta”. El experto justificará por qué no le ha gustado, sin decir que es un mal vino, sino que no es ‘su tipo de vino’.

Lo que está claro es que el mismo vino no nos parece a todos igual e incluso si lo probamos varias veces en diferentes ambientes, puede que incluso a nosotros no nos aporte las mismas sensaciones. Por lo tanto, he llegado a una conclusión: el buen vino es el que le gusta a cada uno, sin que sea malo el que no nos gusta. Sencillamente, no es nuestro tipo.

Obsesión por las puntuaciones

Hasta 95 puntos el vino es valorado como excelente, si está por debajo y por encima de 89, es muy bueno, entre 85 y 89 bueno,…, pero ¿qué hace que un vino sea de 90 o de 89 puntos? ¿Qué aspecto o motivo hace que ese punto lo encasille de una u otra forma?

El éxito y por lo tanto la obsesión por las puntuaciones de los vinos, no es más que otra obsesión que tenemos los humanos por clasificar y calificar todo lo que se nos pone delante. ¡¡Nos encantan los rankings, para que engañarnos!!

Lo que ocurre es que consideramos que los que los elaboran son ‘gurús’, siempre tienen razón, cuando realmente son gente que ha bebido muchos más vinos que nosotros y eso les permite tener una opinión más formada. Pero ¿por qué tiene que ser su opinión mejor que la tuya? ¿Por qué le ha dado más puntos a un vino de los que le hubieses dado tú?

Este fin de semana, estando con unos amigos, probamos un vino y uno de ellos comentaba que estaba excelente porque “tiene 92 puntos en tal guía”, por eso estaba tan bueno. A mí, no me parecía tan buen vino, es más, bastante corriente, nada destacable en él, pero claro como nuestro gusto va en función de la puntuación que tenga, me tiene que resultar excelente. Pues no, me niego a gastarme el dinero en vinos que no me gustan. No necesito tanta puntuación para que un vino me guste.

Claro que es bueno experimentar y probar nuevos vinos, pero la vida es muy corta para tomar malos vinos, con lo cual si os gusta este o aquel vino, que poco os importe las valoraciones o puntuaciones de los demás, ¿o te pagan estos gurús la botella que vas a beber?

Los vinos en constante cambio

Recuerdo un vino que probé, añada del 2012, me pareció un excelente vino joven. Al siguiente año, los de la añada del 2013 y no me pareció tan bueno. Tuve la oportunidad de probar los dos simultáneamente y qué diferentes eran el uno del otro, simplemente por el cambio de año. Pasado un tiempo llegó a mis manos otra botella del 2012 y tampoco era igual al primero que probé.

Y es que los vinos están en constante cambio y evolución, parece que están vivos. De las mismas viñas no salen las mismas uvas todos los años y, en consecuencia, el mismo vino. Además, un determinado vino hoy puede saber de una forma determinada y dentro de un año haber evolucionado para mejor o para peor. Y sigue siendo el mismo vino.

Es fácil hacer un experimento. Buscar un vino que os haya gustado y comprar una botella y dejarla un año sin abrir. El año que viene compráis una botella de la nueva añada y abrís las dos. Probablemente ninguno de esos dos vinos se parezca al que tomamos hace un año cuando en realidad es la misma marca, el mismo productor e incluso las mismas viñas.

Como los vinos evolucionan, una añada hoy nos parece excelente pero si la tomamos dentro de un año no nos gusta y nos parece deficiente. Normalmente esto se debe a que cuando lo tomamos por primera vez estaba en su auge en cuanto a aportes que le da al que lo bebe, mientras que pasado un año, ese vino está en pleno declive y lo que aporta al que lo beba difiere mucho. Eso no quiere decir que esa fuera una mala añada, sino todo lo contrario, somos nosotros los que la estamos tomando en el momento inadecuado.

Lo ideal es que para opinar sobre un vino, conviene ponerse en el momento en el que salió al mercado.

Y un consejo: aprender de vinos, solo se consigue bebiendo, y variando lo que se bebe, no leyendo en los rankings. Eso sí, siempre bebiendo con moderación.




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